A versos.
A veces, extraño mi hogar.
Lugar en el que caminé sola, pero tranquila. Los audífonos, mi refugio. La música, mi hábitat.
Recorriendo los sitios que, inexplicablemente, llenan el alma de paz con solo contemplación.
Donde las mejores fotografías se guardan en el lóbulo occipital.
A veces, extraño ser.
En todo el sentido de la palabra.
Ser quien habla y notar que el espectador entiende y no hace gestos de estar escuchando alguna lengua extinta.
Reír a carcajadas, desde lo más profundo, olvidando por milésimas de segundo que el mundo es cruel.
A veces, extraño coincidir.
Encontrar a quienes amo, con sus alegrías y tristezas, en la mesa de ocho puestos que pasó a ser de tres.
Cruzar miradas con aquel extraño, que años y amores después lo convirtieron en eso, un extraño.
Hablar con quien compartí historias de locura, tristeza, desamor y ansiedad, quien posiblemente hoy ni siquiera me recuerde.
A veces, extraño.
A versos, me extraño.
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